40 años y un beso

Memoria y nostalgia son parientes, pero  la primera es una necesidad y  la segunda a veces una condena. A menudo se mezclan y entrelazan, se funden, se deshilachan, se trenzan, arman un lío y una no sabe si lo que tiene en la cabeza es lo que pasó, o lo que echa de menos.

Somos lo que recordamos o lo que creemos que recordamos y así, para mí, la juventud de mis padres es en blanco y negro. La viví después en fotos. También cuando soñé que volvía a Manderley o con el NODO de antes de la película. Tras aquel blanco y negro, a veces virado a sepia, vino la etapa del color, y otras hasta ésta que tenemos ahora, en la que, de repente, el largo, intenso y apasionado beso de tornillo de dos chicas adolescentes no llama la atención en absoluto. Ni a la salida de clase, ni al sol del mediodía en una calle transitada.

Celebramos los 40 años de las primeras elecciones en España y casi al tiempo y a todo trapo el Orgullo LGTB, con páginas enteras en la prensa, piezas en los telediarios y riquirraca general. Lo uno como efecto de lo otro.

¿Tanto hemos cambiado? Busco la respuesta en  periódicos de junio de 1977. La Provincia costaba entonces 15 pesetas (0,09 centímos de euro) y aún publicaba señalamientos judiciales. Lola Massieu inauguraba en la galería Balos  y para mi desánimo un grupo de 20 personas anunciaba que al día siguiente saldría en bicicleta por una ciudad sin humos ni ruidos. “No nos consideramos románticos”, proclamaban. Vaya que sí.

A las seis de la tarde del 15 de junio había pasado por las urnas el 95% del censo  en pueblos del interior de Gran Canaria, y hubo quien quiso un certificado de haber ido a votar por si perdía “el retiro”. ¡Uy,

qué miedo! Volví a junio de 2017, a las adolescentes enamoradas del mediodía y pensé que ese beso entregado al aire, que diría Radio Futura, valía 40 años ensanchando las costuras de la libertad.

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