La nueva vida de mi hija Isa

El avance casi mágico de una pluma blanca y dos negras sobre el skyline de cabezas y móviles  fue el inicio de la ceremonia. Con música ad hoc, entró la comitiva en la que iba mi hija Isa por el pasillo central del Paraninfo de San Bernardo de la Universidad Complutense de Madrid, un salón histórico que fue inaugurado el curso 1854-55, y en el que hace poco, según comentó uno de los profesores, había estado Jane Goodall, la celebérrima primatóloga, para recibir un doctorado honoris causa.

Vista general del Paraninfo de San Bernardo durante la ceremonia.


¿Quíen se habrá sentado antes en estas sillas de madera crujiente?, pensé mientras Carlos y yo  tomábamos posesión de nuestro lugar en la representación. 

Cuando se estrenó este salón reinaba Isabel II y el romanticismo de Espronceda ( bajel pirata que llaman …) y Bécquer ( poesía eres tú …) daba sus últimos coletazos. Hacía menos de 20 años del suicidio de Larra y en verano el general O´Donnell capitaneaba una revolución. 

Estos no son los únicos datos históricos a tener en cuenta: ese día, el día de la graduación de mi retoño, Madrid esperaba la temperatura más alta en cien años. Se anunciaba a la madre de todos los calores. Y tanto, a las 23 horas aún estábamos a 36 grados. Ay, veranito madrileño.

La décima promoción del Grado de Enfermería de la UCM recibía sus orlas de fin de carrera y en el bellísimo salón el boato del ceremonial se entrecruzaba con la gente normal. Trama y urdimbre de la vida, o no sé si podría hablarse aquí de historia e intrahistoria, al estilo de Unamuno.

Toda la pompa académica, con maceros y maestro de ceremonias -los tres tocados con plumas-, vicerrectora, decana y doctores -con sus correspondientes mucetas y birretes-, frente a la vida de a pie de los familiares que habíamos ido a morirnos de la emoción.

 

Llega la comitiva: a la izquierda, las tres plumas sobre el skyline familiar.


Quería hacerle un regalo a mi hija mayor por este día tan especial y en parte como agradecimiento, porque a fin de cuentas yo también recibía el mío. Se me ocurrió que tanto que he escrito sobre las ceremonias ajenas, por qué no hablar de la nuestra.

La decana de la facultad destacó que la Complutense usa este salón del viejo Madrid para los acontecimientos importantes y que había sido una suerte que por primera vez el Grado de Enfermería pudiera entregar allí las orlas de una de sus promociones. 

Mi hija Isa -de amarillo- con otras compañeras, ya orladas.


El padrino de la décima, el profesor Ignacio Zaragoza, habló de esfuerzo y fue el primero en llamarlas y llamarlos “colegas de profesión”; los representantes de los estudiantes aseguraron que  ésta -la enfermería- es la profesión más bonita del mundo y la vicerrectora de estudiantes cerró el acto con una advertencia: les dijo que aquí comenzaba “una aventura magnífica”.

Pues ya sabes, cariño, a comerse el mundo. 







 






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