Vertidos personales

La primera acepción del verbo transitivo  verter en el diccionario de la RAE es “derramar o vaciar líquidos, y también cosas menudas, como sal, harina”.

Así que podría hacer un vertido de sal en mi plato sin contaminarlo, pero a día de hoy los vertidos que compiten en los titulares canarios con el asunto estrella -histórico- de la revuelta catalana son más bien asquerosos y malolientes.

La palabra “fecal” se usa sin pudor en titulares a los que solo falta el aro de moscas revoloteando, y a una mente calenturienta pudiera parecerle que los políticos se lanzan boñigas de vaca en el Parlamento -aún y con  todo, mucho más limpio que lo del Parlament-.

Mientras esto ocurre en esa otra realidad paralela de las noticias y los políticos, en las calles de Las Palmas de Gran Canaria hay basura y roña por doquier: crece por fuera de los contenedores como si tuviéramos un problema genético de puntería, impregna las aceras o convierte parterres y pequeños jardines en focos de desaliento.

Intrigada o animada por un artículo de Mariano de Santa Ana sobre el parque de las cucas -según le leo es obra del arquitecto  Nicolau Maria Rubió i Tudurí y el mejor corredor peatonal entre la ciudad alta y la costa-, hace unas semanas lo crucé de arriba abajo. Salí con el alma deshinchada y con cuidado de que no se me cayera al suelo, por higiene.

Hace unos días, en la calle Canalejas, tanto no es habitual, pero pasa.

A la vuelta busqué a Rubiò y Tudurí (1891-1981) en Google y me quedé pasmada: Suyos son, por ejemplo, los jardines de la plaza de la Sagrada Familia de Barcelona,  incluidos en su catálogo municipal de patrimonio arquitectónico protegido. En fin.

Hay otros responsables, pero nosotros aportamos lo nuestro con nuestros propios vertidos personales. Chicles, colillas, los referidos derrames junto al contenedor, cacas de perro que no se recogen o se recogen a medias y pises que no se aclaran (yo misma tengo un sistema casero para aminorar este efecto), entre otras groserías, nos asaltan a cada paso como si la calle no fuera nuestra.

Lo que vertemos al mar es un asunto serio -más aún con este dislocado crecimiento del número de turistas que nos visitan, que también vierten lo suyo-, y también lo es el catalán, pero ya que uno y otro no dependen ahora de nosotros -ya votaremos-, propongo una revolución pacífica en esta ciudad con la que sí podemos: que nos conjuremos para no derramar nada sucio en ella, si acaso algo limpio que pudiera encajar en este verso del Mediterráneo de Serrat   … “que han vertido en ti cien pueblos…” ¿Cultura?

 

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